VIENTO DE CUALQUIER LUGAR
Posted by Mara on Mayo 13th, 2008 filed in General3 Comments »
“El tren en el que viajo, a bordo del que no he dejado subir a ninguna oportunidad, recala en una nueva estación de paso para repostar, para dejarme estirar las piernas y respirar aire -no sé si puro ó no-, y continuar con el viaje.
Esta vez no tenía muy claro sobre qué libro escribir. Si remontarme a algún clásico ó detenerme en alguien más actual, si tratar temas que estuviesen de moda y lograsen el beneplácito, ó guiarme por mi gusto personal. Ante la confusión, he chupado mi dedo y lo he sacado por la ventanilla del tren y he dejado que corriese el aire y la veleta se inclinase hacia un lado ó hacia otro. He llegado sin darme cuenta a una obra que se remite a 1930, a falta de un par de décadas, un libro casi centenario. Se trata de “Viento del Este, Viento del Oeste”, de Pearl S. Buck.
Le prestó atención a la biografía de la autora, que en este caso es necesaria para ponernos en antecedentes y darnos una dimensión de la novela que no tendríamos desconociendo ésta. Pearl S. Buck vivió durante cuarenta años en China. Viajó con sus padres, misioneros, cuando apenas contaba unos meses de edad, y creció conociendo la cultura del país oriental de primera mano, tal vez la única en la que se puede hablar con criterio de las cosas. Luego regresó a Estados Unidos, y forjó su carrera como escritora echando mano de todo lo aprendido a lo largo de esa oportunidad privilegiada que muy pocos disfrutan.
Gozando de la ventaja de conocer ambas culturas, la oriental y la occidental, aprovechó para escribir su primera novela contraponiéndolas, en una valiente apuesta de la que podía haber salido trasquilada, y por la que le tocó adoptar postura triunfal sin embargo. Habla desde la perspectiva de una mujer educada en las tradiciones ancestrales del pueblo chino, perteneciente a una familia acaudalada, que se prepara para casarse con un hombre al que no conoce pero con el que su familia pactó el matrimonio antes de que ella naciera, como era tradición; ella es quien asume el papel de narradora. Cumple abnegadamente, como desde niña la educaron para interpretar el papel que debe comenzar a ejercer, el de esposa, y sufre un choque profundo en su mentalidad cuando su marido -educado en Occidente, concretamente Estados Unidos-, pone encima de la mesa todo el aprendizaje que ha adquirido en el extranjero y le hace añicos todos los esquemas. Conceptos como el que le propone de dejar de vendarse los pies porque con tal práctica se deforman y suponen como consecuencias unos dolores insoportables para los huesos, ó no quedarse callada cuando está en presencia de su marido, que no quiere una sirvienta sumisa y muda sino una mujer con la que poder conversar, con la que disfrutar a su lado y con la que compartir vida, hijos, matrimonio y conocimientos, desbaratan la educación hasta entonces recibida, y basfleman contra lo que ella había creído como correcto. Su marido le enseña que la cultura china es una cultura milenaria, y por eso mismo sufre el defecto de no haberse sabido adaptar a los nuevos tiempos, de modernizarse.
El conflicto se forja de manera definitiva cuando su hermano regresa de estudiar en el extranjero. En China le está esperando un compromiso matrimonial en el que tampoco tuvo voz y voto, y al que se opone firmemente por el mero hecho de que él ha elegido a la mujer a la que profesarle sus sentimientos, y no necesita que nadie lo haga por él; reniega de los matrimonios concertados. La protagonista se escandaliza con la actitud de su hermano y lo hace responsable de cualquier disgusto que sufra su madre y pueda llevarla a mal fin. Ésta, desahuciada a la hora de cambiar de pensamiento porque la edad le ha endurecido la sesera, se muestra intransigente y es capaz de anteponer su cultura y sus tradiciones a su faceta materna.
La protagonista, gracias a la tolerancia que su marido ha traído consigo de su viaje al extranjero y a la comprensión que utiliza para explicárselo todo, va comprendiendo que su hermano tiene razón al haber elegido a la persona a la que quiere entregarle sus sentimientos. Poco a poco va convenciéndose de que no hay una única verdad en la que creer.
La capacidad con que Pearl S. Buck describe el punto de vista, el pensamiento de una persona educada en la más rancia tradición china, cómo supone para ella toda una rareza el aspecto de una norteamericana, tanto como para estudiarla minuciosamente, y cómo finalmente es conquistada porque el sentimiento universal acaba impregnando tanto el ambiente que negarse a él es como cometer sacrilegio, es de renombrable admiración. Además nos hace llegar cuán importante es la cultura a la hora de poner en práctica la propia vida. Tanto como para que unos cánones que son distintos a los que nos han enseñado a nosotros, supongan tachar de erróneo y hasta ausente de belleza todo lo que sea distinto, cuando es mucho más fácil entender que en la variedad siempre estará el gusto.
Ésta es mi lectura recomendada. He de decir que la obra de Pearl S. Buck es extensa, y en su mayor parte dominada por sus vivencias en el país asiático. Para todo aquél que suponga, tras la descripción dada, que la autora se mueve en el género rosa o sentimentaloide, y que ello le lleva a excluirla de sus lecturas, añadiré en su defensa que fue galardonada con el premio Nobel, y es una mujer de gran inteligencia que con una trama aparentemente romántica, nos imbuye en China, sus costumbres, sus contradicciones, su historia y su cultura.
Altamente recomendada para quien quiera conocer esa parte del mundo de la mano de alguien que la miró con ojos limpios.
Por hoy es suficiente. El tren vuelve a ponerse en marcha y me subo a él para continuar con el viaje. No me despido sin antes disculpar mi tardanza por haber andado entre ramas. Estoy aquí de nuevo, atenta a cuanto pase por mi ventanilla para contar en la próxima parada. Allí les espero”.
SEÑORA DE ROJO SOBRE FONDO GRIS
Posted by Mara on Marzo 27th, 2008 filed in General3 Comments »
“Tras un receso que estaba siendo necesario en la labor internáutica, vuelvo al pequeño rincón que compartimos a espaldas del mundo que siempre nos anda imponiendo maneras de vivir, por charlar un rato con todo aquél que se tome la molestia de leerme.
Divagaba hace un tiempo acerca de una creencia popular que se cimentó a base de algunos ejemplos que nunca fueron generales y se transmitió como una concesión generosa a través del tiempo, de los años y de la vida, en épocas de absolutismo machista, y cuando ya empezaba a asomar la cabeza alguna que otra fémina casta y bravía, para reivindicar algún lugar, el que fuera, en ese mundo de fieras.
Siempre dijeron que detrás de un gran hombre, había una gran mujer. Y también como siempre, al gran hombre lo vimos, lo vemos y lo veremos, recogiendo alabanzas y galardones, siendo condecorado y admirado, portando honores y medallas colgadas sobre el pecho. A la gran mujer que dicen que hay detrás, simplemente la suponemos. Camina un paso por detrás, se mantiene en la sombra, guardando las distancias con la gloria que tiene ganada su compañero, y de la que parece que sólo participa como espectadora, no como contribuyente a haberla engrandecido, ó a haberle dado alas para volar, ó incluso haberla parido para que pudiese existir.
La gran mujer siempre está a la zaga, aguardando que algo salga mal para solucionarlo rápida y sutilmente, sin que nadie se dé cuenta por no llevarse tampoco el mérito de haber resuelto un problema. Se mantiene en el segundo plano que ocupa con abnegación, cuidando hasta el último detalle para que todo aparente ser tan perfecto como para olvidar que alguna vez no hubiera sido así. Se preocupa de las cosas cotidianas, de las evidencias, de las obviedades que todo el que se sube a un altar deja pasar de largo, como si ya no perteneciera al mismo mundo que ellas y por tanto no tuviera que preocuparse de lo que pudieran hacerle ó no hacerle, para que éstas no interrumpan con su arbitrario comportamiento el devenir de los acontecimientos que de otra manera estuvieran pensados.
También existen mujeres que están detrás de grandes hombres y no son grandes. Porque la virtud de la grandeza es muchas veces la de creerse ó saberse pequeño y vulnerable, la de ser humilde a pesar del halo de magnanimidad con que nos quiera cubrir el mundo. Tener delante un trozo de pastel tan apetitoso como el de subirse al carro de la fama, es tan tentador y tan tedioso complicarse la vida para darle mil vueltas y no hincarle el diente, que finalmente acaba dando todo igual y se acaba convirtiendo en un circo lo que debía haber sido algo importante.
La virtud de la gran mujer, quizás la más grande de todas, es precisamente esa, saberse humilde y asumiendo tal papel. Sencilla, condescendiente, dispuesta, sonriente y relajada.
Hoy día, las grandes mujeres también ocupan papeles estelares sin necesidad de permanecer a la sombra de ningún hombre que se precie. Y seguramente tras ellas también tienen a un compañero que ha hecho la tarea de llegar alto menos ardua de lo que podía haber sido de haberla emprendido en soledad; resultado de la sociedad igualitaria que pretende crearse debe ser la dualidad a la hora de ocupar puestos destacados. Y da igual que sean de un sexo o del otro quienes lo ocupen, y que haya detrás de ellos un contrario tan magnífico como para estar a la altura de las circunstancias. Al fin y al cabo, dejando a un lado la guerra más absurda de todas, se trata simplemente de destacar como personas.
Tras esta retórica se esconde un interés propio por sacar el tema que es argumento principal del libro que vengo a comentar hoy. Este fue bautizado con el título de “Señora de rojo sobre fondo gris”, es una novelita corta, fluida y fácil de leer, cuyo autor es Miguel Delibes. Plantea desde el principio la historia de un pintor afamado que se siente incapaz de seguir pintando porque acaba de perder a su esposa. Se plantea aquí la primera “lección” de la novela; ésa que dice que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes. Es tal la añoranza por la figura femenina que ha inundado la vida del protagonista durante tanto tiempo, que utiliza también el dicho de que detrás de sí mismo, que era la cabeza visible a la hora de recoger los frutos de la fama, estaba su gran mujer.
Luego plantea un escenario convulso, con un pasado en el que todavía vivía la mujer a la que idolatra y en la que la atmósfera es irrespirable para una sociedad que ha aguantado demasiado reprimida entre dictadura, y necesita un poco de oxígeno. Plantea el momento agonizante del viejo caudillo y los movimientos de jóvenes que no están dispuestos a aceptar que su vida se rija por unos mandatos anquilosados y banales, pues lo que desean es poder pensar, decidir, vivir por sí mismos. El presente es el momento en que se está produciendo el cambio, en que Franco, igual que la mujer que da título a la novela y que esperaba el desenlace que no pudo ver con sus propios ojos, termina muriendo. Y la sociedad vuelve a estar convulsa porque le han soltado las riendas y tiene miedo de correr.
El título es un juego que se plantea al principio de la historia, cuando el pintor que la narra cuenta que nunca había podido hacer un retrato de su mujer, y que siempre envidió que un amigo-competidor sí que pudiera hacerlo, vistiéndola de rojo y plasmándola sobre un fondo gris. Es también como una metáfora de la sociedad en que se vivía entonces, en la que había personas que eran distintas, fuera de lo común y lo normal, que iban más allá de las cuatro reglas absurdas que marcaban los pasos de todo el que se atrevía a caminar por la aceras de España, y que no tenían miedo. Personas que vestían de rojo sobre una sociedad que permaneció enlutada durante mucho tiempo, y que seguía siendo gris pero guardaba un verde esperanza bajo la manga.
Por último destacar que el lenguaje que utiliza Miguel Delibes es absolutamente abrumador en esta obra, exponiendo un claro conocimiento de arquitectura, y desgranando una historia con un cuenta gotas que se viste de arma literaria: una pluma afilada y tenaz.
No sé si a muchos les gustará la historia, porque para gustos están los colores, nunca mejor dicho. Pero es una novelita muy corta, muy fácil de leer, y se puede creer en mi palabra cuando digo que merecerá la pena. Hasta la próxima parada.”
MÁS GRANDES QUE EL AMOR, PARADA OBLIGATORIA
Posted by Mara on Febrero 24th, 2008 filed in General1 Comment »
“Las historias más fascinantes son las que nacen de los hechos más banales. El dicho de que cuando menos te lo esperas es cuando te ocurre lo que llevabas esperando todo el tiempo no es ninguna frase hecha para consolarse, porque pasar, pasa. Tampoco que la vida es una concatenación de situaciones que nunca sabes por dónde van a llevarte y que te hacen cumplir con una especie de destino, que a veces es aciago, a veces es glorioso.
La gracia de todo esto es que gracias a la velocidad que le hemos imprimido al asunto, vamos corriendo de un lado para otro, preocupándonos de pagar hipotecas, coches, colegios, vacaciones, apartamentos, fines de meses, y a menudo se nos olvida que hay cosas que pueden darnos mayores beneficios a nivel de sensaciones y sentimientos, que es al fin y al cabo lo único que nos quedara cuando nos toque rendir cuentas, por muchos billetes que queramos guardarnos en los bolsillos para el viaje. Como decía John Lennon, la vida es eso que nos pasa mientras nosotros nos empeñamos en hacer otras cosas. Nadie puede escapar de su propia existencia, de los designios, de su camino, el que esté hecho y el que esté por hacer.
Hoy vengo con la escopeta cargada, a echar alguna que otra bronca y a dar alguna que otra colleja, pero como mi intervención es a manera de monólogo, que se dé por aludido aquél que quiera hacerlo. Aquél que mientras lea estas líneas vaya afirmando inconscientemente con la cabeza que cuanto lee lo ha pensado alguna vez, o que sin haberlo pensado está de acuerdo con ello.
No sé, para gustos los colores. Cada uno puede pensar cuanto quiera, hacer de su capa un sayo y de su vida su propia historia, pero como aquí una también tiene derecho a esa libertad, se lía la manta a la cabeza y adopta su propia filosofía creyendo que es la verdad más verdadera que puede contarse a modo de cuento para dormir.
Hablando de cuentos, historias y demás, vamos a hacer lo que hemos venido a hacer. Hoy vengo a recomendar un libro magistral. Su autor, Dominique Lapierre, francés, es reconocido a nivel mundial por las impecablemente documentadas obras, increíbles historias cosidas con hilo de oro, y conciencia social que no se queda muerta en vida en las páginas de cada libro. Dominique Lapierre es conocido, además de sus obras, por su labor social en zonas deprimidas como la India, y por su incansable lucha por erradicar -siempre en la medida que fuera posible- la pobreza. Durante un tiempo se asoció a Larry Collins, también reconocido escritor, y junto a él creó obras como Esta noche la libertad ó El quinto jinete, que quedaron para la posteridad.
En concreto, yo vengo a hablar Más grandes que el amor, un libro de Dominique Lapierre, a solas, a secas. A partir del título se pueden dibujar las típicas historias de amor que pueden hacer soñar a algunos soñadores básicos, aburrirse a los que buscan algo más en un libro ó en una historia de amor y no lo encuentran, y simplemente ser ignorado por los reticentes de toda la vida.
En cuanto se abre el libro, en cuanto se entra de lleno en las primeras páginas, se descubre que las ideas preconcebidas casi nunca resultan tal y como se preconcibieron. La gran habilidad de Lapierre para conjugar tres historias en apariencia totalmente independientes unas de las otras, para hacerlas confluir en el momento clave y hacerlas vivir como una sola es tan abrumadora que no queda otra opción que llegar hasta el final del libro para descubrirlo.
Comienza hablando de la historia de una niña en Calcuta que, enferma de lepra, es nombrada como paria por la sociedad, y repudiada incluso por su familia. Da cuenta con tal relato de las jerarquías en la sociedad india, y de las espeluznantes vivencias en el escalafón más bajo de todos. Sólo la ventana se abre, sin entrar en ningún tipo de creencia ó religión, con la labor humanitaria de una congregación de religiosas, las de Teresa de Calcuta, que por encima de la fe ayudan a salvarse, a sobrevivir en el término más literal de la palabra al ser humano más necesitado.
Enternecedor el relato de cómo la niña, Ananda, recibe asilo por parte de la congregación, enlaza seguidamente con la historia del descubrimiento del SIDA. Cuenta cómo un médico normal y corriente comienza a alarmarse por los numerosos casos de neumonía y sarcoma de Kaposi (un cáncer de piel), trata de hacerlo saber a las altas esferas para que investiguen la cuestión y no es escuchado, como suele pasar, hasta que gracias a un artículo publicado en una revista médica, llama la atención de científicos, sobre todo uno en París y otro en Estados Unidos, que deciden apostar por la investigación y descubrir por fin que el SIDA es un retrovirus, y como tal es muy difícil erradicarlo. Divaga además entre las circunstancias que llevaron a que el SIDA se propagara del modo que lo hizo durante los años 70 y 80 para llegar a la consecuencia de las muertes masivas e inevitables en la última década del siglo veinte. Como resultado, hoy día hay campañas de prevención y concienciación que, como siempre, no han llegado a todos los rincones del planeta para permitir que los más desfavorecidos sigan sufriendo los estertores de las peores lacras.
Por último, quizás porque es la pieza clave para darle sentido al libro, a la historia en sí, se presenta la historia de tres amigos, aparentemente inconexa con las otras dos, que terminará por ser el nexo de unión de ambas, creando un final apoteósico y brillante, que no desvelaré porque debe ser descubierto y disfrutado en toda su magnitud por quien decida hacerlo.
En fin, que leer este libro es hacer un ejercicio de aprendizaje acerca de nuestra sociedad, de uno de los problemas que la asolaron y la siguen asolando impíamente, de conocer la labor humanitaria y desinteresada de muchas personas que esconde historias enternecedoras, y de gozar de la escritura, la personalidad y el buen hacer de alguien como Dominique Lapierre.
Más grandes que el amor es un libro recomendado al cien por cien, jugoso, que llama desde las estanterías, que debe ser leído para comprender la sociedad en la que vivimos, y que no todo está perdido porque siempre puede existir un personaje capaz de demostrarnos que, pese a todo, el mundo sigue valiendo la pena. Hasta la próxima parada.”
UN LUGAR EN EL OLIMPO DE LOS DIOSES
Posted by Mara on Enero 24th, 2008 filed in General1 Comment »
“Siguiendo la línea del anterior comentario en cuanto a autores se refiere, pero no en cuanto a formato de texto, hoy voy a entrar llanamente a comentar acerca de un autor. Gracias a él recuperé la pasión por la literatura que había dejado abandonada después de una época en que había tenido que leer buenos libros, pero obligatoriamente. Y claro, cuando a alguien le imponen hacer algo, por mucho que le guste, la emoción a la hora de disfrutarlo pierde unos cuantos puntos a la baja. No obstante, gracias a la misma descubrí autores y obras que luego se han convertido en esenciales para los devenires posteriores, y que una vez liberada del “ordeno y mando” me permití el lujo de volver a explorar para recrearme en ellas cuanto hiciera falta y como hiciera falta, sin que un exámen de por medio tuviera que decir la última palabra, que siempre me ha gustado -serán cosas del carácter- decir a mí.
La persona que me descubrió al autor del que hablaré a continuación es esencial en mi vida, tanto personal como literaria, porque es quien sembró en mí desde temprana edad el gusanillo de los libros, que al principio devoraba, estrictamente hablando -sí, me gustaban tanto que incluso me los comía, supongo que para interiorizarlos mejor-, y luego me ayudaron a conciliar el sueño cuando éste se escurría de mis manos, y a aprender muchas cosas que no iba a encontrar en ninguna otra parte más que donde siempre habían estado, entre las páginas de los libros. Él también me ayudó a recuperar la ilusión perdida y encarrilar mi vocación, y darme cuenta de que no había perdido el norte que había estado siempre tan delante de mis narices.
Mi padre me habló durante una comida de él, y buscó entre su polvorienta biblioteca de libros olvidados a fuerza de carecer de espacio. Me lo entregó como un gran tesoro, y como tal lo expongo hoy aquí. Es un libro, que por todo lo comentado, tiene un significado especial para mí.
Desvelaré en este momento y en este lugar, por no dilatar más la espera que se trata de “La tesis de Nancy”, de Ramón J. Sender. Dije antes que seguía la línea del artículo anterior, porque si bien Jardiel era el maestro del absurdo, Sender también dominó como nadie las opiniones encontradas y las propias, que en un mundo de censura no supuso tarea fácil ingeniárselas para ofrecerlas pareciendo que no las estaba ofreciendo, y para ello echó mano de la comedia, por quitarle hierro al asunto.
“La tesis de Nancy” no es quizás su obra cumbre, pues se habla más en este término de “Crónica del alba” ó “Réquiem por un campesino español”. Pero por ser la que he leído de él, y por la carga emocional que yo misma le conferí a ésta, la obra que destaco es la que más me gusta a mí. Digamos que no es una gran novela, pero es una novela refrescante, divertida, que hace disfrutar y volar a la imaginación -signo de que es una gran novela, contradiciéndome- para crear situaciones que hacen brotar la sonrisa, y hasta la carcajada, con unas simples palabras.
“La tesis de Nancy” trata las aventuras y desventuras de una americana -como todo el mundo puede suponerse, la susodicha es Nancy- que viaja a España para aprender español, en concreto a la zona de Andalucía, que es donde el español se practica, digamos, de un modo más especial -a su manera, que dirían los andaluces-. Salpicada de multitud de anécdotas, situaciones imposibles e inesperadas, y dotada de un magistral uso del idioma, tanto del ahora llamado spanglish (el que utiliza Nancy), como del español andaluz (el que utiliza la gente que encuentra a su paso) y el español -digamos- correcto (que utiliza Sender como voz del narrador). A fuerza de jugar con estos tres conceptos y manejarlos sabia y artesanalmente, es como se van creando las situaciones que dan lugar al disfrute del lector. Simple y llanamente, no hay más adornos ni florituras que el ingenio del autor para conducir las situaciones, para plantearlas insólitas y divertidas, y dotarlas de la gracia que persigue a toda la obra. No descansa nunca, es un continuo toma y daca de comedia.
Además, caracterizando a Ramón J. Sender como le caracterizaba dar opinión acerca de la situación que se estaba viviendo en el país, pues comulgaba con la rama izquierdista, de la que se decepcionó -como tantos otros, porque la izquierda, dicho por muchos, decepciona a menudo cuando entre manos la cogen los hombres-, utiliza la arribada de una norteamericana de los Estados Unidos para confrontarla con una sociedad que había estado aletargada y dominada por normas de todo tipo que no tenían más fundamento que un anquilosamiento en el pasado que no se dejaba atrás, para protestar por todo ello. Para abrir los ojos sin que las tijeras le cortaran las alas, para decir verdades sin que nadie se enterara.
Yo recomiendo encarecidamente esta obra, y todas las demás del autor, que murió en Estados Unidos, y al que se le reprochó siempre la moderación de su postura. Qué le vamos a hacer, cuando uno va conociendo la realidad de las cosas tiene que plantearse posturas más lógicas y dejar a los sueños a un lado aunque no quiera para enfrentarla. Y de este modo reivindicar su nombre, apenas conocido para el gran público, y el de muchos contemporáneos tales como Álvaro de la Iglesia, Edgar Neville, Miguel Mihura -aunque éste último es más conocido-, que merecen sus minutos de gloria -, que pasan desapercibidos para generaciones y también dijeron algo y tienen todo el mérito de ser leídos.
Espero que si siguen mis consejos, no se decepcionen. Hasta la próxima parada.
EL MAESTRO DEL ABSURDO
Posted by Mara on Enero 11th, 2008 filed in General6 Comments »
Llega un momento en la vida que las cosas ocurren sin que medie lógica alguna que arbitre el devenir de los acontecimiento. Vapulean de un lado a otro las circunstancias, y cuando ya parece que uno queda exhausto y no podría soportar más, se asesta el golpe de gracia para advertir y recordar quién tiene la sartén por el mango.
Tan acostumbrados como estamos a ver que la mitad del planeta -ó más de la mitad-sufre en infrahumanas condiciones mientras nosotros les observamos aposentados cómodamente en el sofá de casa, a través de la pantalla de televisión cuando emiten el telediario ó algún documental, no entiendo cómo aún osamos echarnos las manos a la cabeza cuando hay una nueva vuelta de tuerca y el panorama se viste de luto. Luego viene la hora de echar cuentas, y la culpa suele recaer en todo aquello que no da réplica alguna, porque no puede, Que si el destino macabro, que si un impío creador todopoderoso; todas esas cosas que tampoco se pueden explicar, claro. Echándoles la culpa, sin embargo, nos quedamos un poco más tranquilos por esto de que la conciencia nos deje dormir por las noches. Realmente, si de esto se tratara en realidad no habría modo alguno de poder cerrar el ojo, pues que las cosas estén como están, y que hayan llegado al punto al que han llegado no tiene más responsable que nosotros mismos. Sí, sí, cada uno de los que componemos la especie humana; incluso quienes sufren la cara mala de la moneda.
Nosotros somos los que hacemos los experimentos hasta obtener resultados peligrosos, macabros y hasta deleznables. Nosotros somos los que declaramos guerras ó firmamos paces ateniéndonos a criterios poco claros. Nosotros somos los que preferimos llevarnos el trozo más grande del pastel, en detrimento de que haya otros que se queden sin catarlo. Nosotros somos los que nos miramos el ombligo sin parar e idolatrarnos tan poco magno rincón de nuestro cuerpo.
En fin, que nosotros somos quienes vamos en coche el lugar de ir andando, quienes tiramos los papeles al suelo y no a la papelera, quienes piensan que el mar ó la montaña no son sólo una opción para el disfrute que varía según los gustos, sino además nuestro vertedero particular, y quienes tiran la primera piedra y esconden la mano. Así que las reclamaciones acaban estando un poco de más, si recapitulamos en serio, con las cosas buenas y las cosas malas, cuando Dios aprieta pero no ahoga.
El maestro de la comedia, Enrique Jardiel Poncela resume esto que yo les digo en uno de sus libros, “La tourneé de Dios”. Magistral genio del humor, atemporal en todas sus novelas y obras de teatro, que hoy en día siguen representándose por los teatros de España haciéndose pasar por novedades y con el éxito de las mismas, supo captar la esencia del ser humano, de la sociedad que le rodeaba, del pasado, del presente y del futuro, y dotarlas del toque cómico que desdramatizaría cualquier situación para poder buscar con la vista clara la solución adecuada en cada momento.
El libro en cuestión del que hablo alberga genialidad desde la primera hasta la última página. Desde el momento en que el autor decide desordenar todos los capítulos para darle coherencia -por muy paradójico que suene- a la historia, y es capaz de reordenarlos, ubicándolos en el lugar exacto, se abre el telón y se da el pistoletazo de salida para el espectáculo. Comienza dándole vueltas a algún absurdo, que conforme vaya avanzando la historia ya no lo será, y desarrolla todos los argumentos, que se van leyendo entre risas pero contienen la solidez del plomo. Siendo un intelectual de la época, se atreve a entrar de lleno en el tema de la religión anunciando como suceso y eje central de la novela, la visita de Dios a la tierra. Creando una expectación sin parangón por la misma, sin saberse muy bien qué va a suceder a continuación de la misma, cuando por fin Dios se persona en el planeta, se entiende la excusa de ésta.
Jardiel habla por boca del magnánimo personaje. Cuando la muchedumbre expresa como deseo unánime la felicidad eterna, Dios les plantea que podrían serlo cuando quisieran. Tal respuesta provoca aspavientos y extrañezas, no es para menos; las soluciones que se tienen delante son las que más tardan en verse. Dios explica que cuando uno nace tiene todas las opciones para ser feliz, de hecho lo es, y que sólo al ir avanzando por los cauces de la vida nos empeñamos en complicarnos la existencia. Que lo tenemos todo, que siempre lo hemos tenido y siempre lo tendremos, y que nosotros mismos somos los que insistimos en buscar problemas donde no los hay, en crear situaciones difíciles y en calentarnos la cabeza para dar mil vueltas cuando el camino más corto fue siempre la línea recta.
Pese a estar escrita en 1932, hoy día podríamos aplicar dichas lecciones a las situaciones actuales. Es la gran facultad de este escritor, aparte de convertir el absurdo en una obra de arte y pura comedia, que sus obras no envejecen con el tiempo, que su visión de la vida y el mundo fue mucho más visionaria de lo que parece. Por eso actualmente está en cartelera por los teatros de España la obra “Un marido de ida y vuelta”, y antes estuvo “Eloísa está debajo de un almendro” ó “Usted tiene ojos de mujer fatal”, y seguirán estándolo. Y por eso, aparte de los best-sellers actuales, a los que no pretendo restar mérito alguno, reivindico la lectura de los libros de toda la vida. Y encima pueden echarse, no unas risas, sino unas carcajadas enormemente sonoras. Así que no se puede pedir más. El que no se divierte es porque no quiere.
Hasta la próxima parada.
Juan Salvador Gaviota, ó cómo soñar estando despierto
Posted by Mara on Diciembre 29th, 2007 filed in General7 Comments »
De repente el mundo que te rodea a ti es distinto del que ves que rodea a mucha gente. No quieres seguir el camino que tienes delante, el que te han trazado simplemente por ser un vecino de esto que se llama mundo o sociedad, y quieres explorar el tuyo propio. De repente, no sabes lo que te pasa pero te pasa algo. Dentro de ti está ocurriendo algo.
Un grito desde lo más hondo de tu ser te llama y tú lo escuchas, y no sabes si debes hacerle caso ó no; es desaconsejable. Pero incontrolablemente lo escuchas, no puedes dejar de hacerlo, y tu realidad de todos los días, la que hasta el momento no te habías planteado, se torna simplemente en un cuento que no quieres seguir leyendo, porque hay otros cuentos que no sólo puedes leer, sino además escribir tú mismo.
Toda esta mezcla de sensaciones se apoderó de mí cuando era simplemente una adolescente y ya se me exigía definir mi futuro. Era algo que yo no había elegido, ni esperado, porque hasta el momento había convivido tranquila en el mundo que yo misma creaba, pero tocaba pagar el arancel porque sí. Elegir en el instituto ciencias ó letras, para ir encaminando luego la opción para la universidad, y así para el futuro trabajo, que probablemente no sería jamás aquél al que había aspirado. Todo me sonaba a chino. Bueno, no me sonaba a chino, porque lo conocía bien, pero no me interesaba. Y no por dejadez ni por holgazanería sino porque no me interesaba cumplir con todas esas premisas y llegar al puerto del que saldría ese barco al que no me quería subir. No quería venderme.
Era incongruente pensar de tal manera, y lo sabía; ésa era mi lucha interna, pero pensaba así.
Y entonces llegó él. Enmedio de tal vorágine me decidí a abrir las páginas de un libro como tantas veces había abierto las páginas de tantos otros libros, y ahí encontré la respuesta que consiguió reconciliarme conmigo misma, acallar el grito, decirle que lucharía por sacarlo adelante. El libro en cuestión era “Juan Salvador Gaviota”, de Richard Bach. Es un libro pequeñito, fácil de leer e ilustrado con las fotografías hermosas en cualquiera de las ediciones de gaviotas y más gaviotas que alzan el vuelo. No sabía qué podía esperar de un libro que hablara de pájaros, pero algo me empujó a leerlo entonces, cuando antes no lo había hecho.
Encontré entonces el paraíso, la respuesta a todas las incertidumbres que se planteaban entonces; pero tranquilos, planteé luego otras nuevas. La historia habla de una gaviota, Juan Salvador, joven y fuerte, que se separa del resto de compañeros y compañeras. Alega que le encanta volar, disfruta haciéndolo. La velocidad que adquieren sus alas, las piruetas que consigue hacer en el cielo, pasar en vuelo rasante sobre el agua del mar, es su verdadera pasión. Sus compañeros tratan de reconvenirle en el camino erróneo que toma; las gaviotas sólo vuelan para pescar, pero él siente que sus alas pueden dar mucho más de sí. Le pueden ayudar a llegar muy alto, es todo un privilegiado por poseerlas y poder volar, aunque se pase el día entero intentando nuevas acrobacias aéreas y se le olvide comer. Finalmente es expulsado del clan al que pertenece. Su juventud ya no es suficiente excusa para justificar esa actitud soñadora. No aporta nada al grupo y debe cumplir los objetivos marcados porque ya se ha hecho mayor, y por lo tanto no se le quiere dentro de él; no tiene ninguna intención de madurar y comenzar a ser productivo. Así que encuentra el remanso de paz en ese mundo en el que no hay que pagar por sobrevivir, en el que no hay que cumplir por obligación sino por devoción, en el que los sueños pueden hacerse realidad, y puede alcanzar velocidades astronómicas y bailar en el cielo por obra y gracia de sus alas. Ese mundo en el que no hay que rendir cuentas, sólo alimentarse de todo lo que puede hacerte mejor, que no suele ser todo de lo que se alimentan los habitantes del mundo al que ya no pertenece.
Apliqué la historia de Juan Salvador Gaviota a mí misma. No me interesaba cumplir todos los días, de 9 a 9, para cobrar a fin de mes; sentía que condenaba mi existencia. Luego vendría las relaciones, luego las formalizaciones de las mismas, el coche, los hijos, las hipotecas, llegar a fin de mes, ¿y dónde se habría quedado mi alma? ¿me supondría algo más ver ceros en mi cuenta corriente que el hecho de verlos ahí?
La vida es una sola, y cada uno debe emplearla del modo en que desee, en que sienta que debe hacerlo. Poseer una vocación es algo hermoso, como un don, pero al mismo tiempo castiga, porque exige unas pautas que no pueden darse en el mundo real que habitamos, que suele matar las ideas, la imaginación, los deseos de ir más allá, y empuja al conformismo y al pasivo comportamiento. Yo he sido feliz alimentándome de todas las historias que escribía, y de todas las que espero poder seguir escribiendo, pero soy consciente de que andaba con el yugo de la incoherencia sobre mi sien, sobre mis espaldas, sobre todo mi ser.
“Juan Salvador Gaviota” fue un libro famoso en los años 70, en pleno movimiento hippy, en plena época de rebeldía juvenil donde se pedía un futuro mejor. Se llegaba de la revolución de mayo del 68, donde los jóvenes habían salido a las calles de París y habían puesto a las fuerzas del orden contra las cuerdas simplemente para pedir que los adoquines de la gris ciudad se sustituyeran por arena de playa. Los arrancaban de las calles buscando tal paraíso. Donde se pedía un destino diferente de aquél al que se veían abocados, donde se demandaban nuevas metas, las que cada cual quisiera alcanzar. Fue simplemente una revolución para dejarse oír. Algo parecido al movimiento hippy, en el que no había directrices ni disciplinas, donde se disfrutaba de la libertad en estado puro. Como todas las utopías, ambos hechos tuvieron los días contados, pero si no hubieran existido quizás hoy seríamos mucho peores de lo que somos. Por eso creo que “Juan Salvador Gaviota” fue una obra cumbre de la época, porque alentaba a buscar otros caminos, otros destinos, otra suerte. A ir más allá, a mirar más allá, a sentir más allá.
En fin, ésta es mi recomendación para esta semana. Un libro para soñar, para dejarse llevar, para emprender el vuelo bien alto, haciendo acrobacias y olvidándonos de pescar para comer, que no sólo de pan se alimenta el hombre, que hay mucho mundo alrededor, cosas que fluyen en el aire, esperando que les prestemos atención para venirse con nosotros y hacernos disfrutar.
Disculpen las alusiones personales, pero una es así.
Nos vemos.
BIENVENIDOS A LA ÚLTIMA PÁGINA DE UN LIBRO
Posted by Mara on Diciembre 20th, 2007 filed in General4 Comments »
Asumo el reto. Sé que voy a luchar contra molinos de viento que yo convertiré en gigantes, porque así me gusta ver la vida, con la imaginación al poder; sé que libraré duras batallas con dinosaurios que pueblan aceras y que nadie ve, sé que tendré que ganarle la partida a la tecnología que adormece las conciencias, pero continúo asumiendo el reto.
Defender la literatura en el mundo que hoy gira más loco y más rápido que nunca, donde al parpadear por segunda vez no vuelves a ver lo que encontraste al parpadear la primera, podría considerarse una batalla perdida. Pero batalla perdida es sólo la que se abandona, la que no se libra jamás. Todo ha ido y ha venido, y desde la antigua Grecia hemos conservado el germen de la civilización, de lo que hoy somos y lo que ayer fuimos y lo que mañana seremos, a través de los libros que sirvieron para adquirir conocimiento. Los libros quedaron como herencia, como base para nuestro aprendizaje y nuestra sabiduría, como un tesoro que nadie valora ya; todo está en ellos, y lo que no esté deberemos inventarlo cogiéndonos de su mano.
Escribir es vivir a través de las palabras que dejemos impresas en un papel otras vidas que no somos capaces de vivir porque las circunstancias no se alían con nosotros. Es inventar historias para ayudar a soñar a todos los que se encuentran enjaulados por realidades en las que no pasa nada, ó sí pasa, pero no se les sabe otorgar el significado exacto para convertirlas en especiales, y de tal modo añadirle a la existencia el pellizco de emoción que necesita para sobrevivir. Tantas y tantas historias sirvieron para definir a la humanidad, para hacerla soñar, reír, llorar, divertirse ó aburrirse, tantas novelas, tantos poemas, tantos ensayos, tantos cuentos, chinos ó no, tanto que decir y no callar, tanto que escribir y no borrar, tanto que crear para alimentar almas y hacer latir corazones todavía es un buen motivo para que siga en pie cuanto quedó a través de los siglos y se transmitió de generación en generación.
Cojan papel y pluma, inventen sus propias historias, disfruten con ellas, y sino háganlo con las de otros, pero concédanles una oportunidad a esos montones de hojas que sobrevivieron al paso del tiempo y que claman desde los estantes de las bibliotecas, públicas y privadas, ser leídos por ustedes.
Bécquer decía: “¿Qué es poesía? dices mientras clavas/en mi pupila tu pupila azul./¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?/Poesía…eres tú.”
Los libros no tienen dueño ni señor, son de una generosidad infinita y le ceden la posesión a todo aquél que se atreva a inmiscuirse entre sus páginas. Un libro, siendo el mismo, es siempre distinto según las manos que lo acaricien, los ojos que lo lean, las mentes que lo piensen, los corazones que lo sientan. Así que la literatura no es un tema abstracto, es cuestión de hacerla cada uno suya, de hacer nuestros todos los libros que leamos, de amarlos u odiarlos, de convertirlos en parte de nuestra vida.
Yo asumo el reto. Escribir es mi vocación, mi vida entera, así que transmitiendo mi particular punto de vista sobre los relatos que caigan en mis manos, espero contagiar tal entusiasmo, tal pasión y hacerles disfrutar. Gracias Óscar, por confiar en mí. Intentaré estar a la altura. Por ahora, pasen y vean.
“Como el aire lo regalan y el alma nunca la entrego, con la sombra de mis sueños me basta para comer…” (Joaquín Sabina)
Nuevo blog para hablar de literatura y mucho más
Posted by oskr on Diciembre 18th, 2007 filed in GeneralComment now »
Nuevo blog de la red justdust.es en el que intentaremos abordar temas literarios. Comentarios, opiniones de libros y mucho más.
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